14 noviembre
La vi por primera vez en la fiesta de una amiga en común. Ella no sabía bailar y me ofrecí a enseñarle. No le enseñé mayor cosa y tampoco creo que ella me recuerde.
La segunda vez la vi sola en la calle. Llevaba un ramo de flores en sus brazos y una sonrisa de niña buena. Recordé que no sabía bailar y que no había nada en el mundo que se pueda hacer por ella. La dejé de mirar cuando el semáforo cambió a verde.
En el concierto del viernes volví a recordarla y me reí con mis amigos sobre el tema “saben, conocí a una mujer que no puede bailar...” no fue puro gusto de avergonzar a la ausente, fue más bien fijación de imaginar algo que nunca pasó, algo de lo cual no hay la más mínima posibilidad de que pase, no hay, pero pasó. Sé que pasó en algún lugar del mundo, en algún momento. O acaso es tan sólo mi deseo de que ocurra. Cómo sea, ella no sabe bailar y la recuerdo con más interés del adecuado.
La tercera vez que la vi estaba en el bus. Conversamos sobre alguna bobería cuando le pregunté si a ella le gustaban las fiestas, ella contestó que sí, pero nadie le invitaba nunca. Yo le dije que tengo una fijación con ella, que de ninguna manera piense que eso significa algún otro pensamiento sino aquel tan raro y desinteresado deseo de verla bailar, o acaso ese amor por verla bailar a lo mejor es más amor de lo que imagino, en fin, puro deseo de baile vistoso, de comerme su baile con la mirada, de verla danzando como muñeca de cajita musical.
Por supuesto que yo no dije nada de eso. Cuando ella me dijo que nadie la invitaba, nunca, de repente un frenazo del bus nos despertó, es decir, me despertó del sueño, a lo cual ella agregó aquí me bajo. Me dio su número de teléfono, pero por mala suerte, estaba mal dictado el último dígito, como pude comprobar luego.
Probé con todas las combinaciones posibles y di con su casa. La invité a bailar lo más pronto.
Ella se sintió avergonzada.
Dijo que iría, que vendría, que estaría aquí y que bailaría, o haría el intento por lo menos. Yo sigo esperando que llegue. Pero no llega nunca.
Volví a llamar por teléfono: nadie contestaba ya.
La cuarta vez que la vi, estaba dormido. Tenía un vestido blanco o algo así y giraba como esas pelusas que vuelan por el aire sin que nadie sepa de donde salieron, ustedes saben; mientras, yo me repetía “eres un estúpido”.
Dónde se encuentra a una mujer de quien nadie sabe nada, de quien el único dato cierto a más de su nombre es que no sabe bailar.
Ya han pasado muchos años y hasta ahora, a veces, la sigo buscando.
Lo más curioso del caso es que inconscientemente la busco en salones de baile, entre las parejas del centro de la pista. A veces creo que por fin la he encontrado pero siempre se trata de bochornosas confusiones.
Alguna vez creí haberla hallado, fue hace cinco años en una fiesta de graduación: llevaba un vestido blanco, o algo así, y un moño... y giraba como esas pelusas que vuelan por el aire sin que nadie sepa… ustedes saben. Me acerqué a la pareja. Ella, bastante parecida al vivo recuerdo que tenía en la mente; la vi bailando con un tipo de bigote que lucía un enorme reloj, al parecer de oro, en su muñeca. Ella miraba fijamente su hombro, como sin querer mirar nada más, como buscando el color de su alma reflejado en el traje de su compañero. De cuando en cuando ambos se miraban y sonreían y lanzaban un suspiro que era lindo de ver y sentir. Entonces, di la vuelta y mientras salía del local.
No era ella.
En todo caso, el recuerdo de ella bailando es imborrable —y curioso porque se trata de un recuerdo de algo que nunca pasó—. Nada se lo podrá llevar, ni la más fuerte de las tempestades, ni la locura más desenfrenada, ni mis pesadillas… ustedes saben.

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