martes, 17 de noviembre de 2009

Relatos IV.- La chica que no sabía bailar (incidente primero)

13 noviembre

Siendo las 22:30 Gregoria se disponía a coger sus cosas e irse de una vez de aquel lugar. Se sentía incómoda, medio sorda y en tinieblas. Música por los cuatro costados le impedían oír nada en absoluto. Afuera pasan y pasan automóviles suficientemente desconocidos como para prestarles atención. ¿Alguien puede soportar tales torturas en un viernes por la noche?

Ni el joven que está en la barra, atendiendo con ocho brazos y una hilera de dedos los pedidos de los sedientos bailarines, ni el portero que está en la puerta hurgando con los ojos las bolsas del cansancio. Nadie puede aguantarlo ya. El cielo quiere llorar y no puede. La calle sigue recta en su afán de torcerse y serle inútil a toda gente.

Pero ella sigue sentada ahí. No se ha ido porque quiere bailar.

No sabe.

Vino un joven a pedirle que le acompañe al centro de la pista. Vino un viejo verde, salido del hueco de su sombrero. Vino un tipo vestido completamente de negro, con aretes y brillantes. Vino el hombre de su vida, el hombre perfecto, que se ha ido por el mismo camino a esconderse en el agujerito cada vez más pequeño que va a dar debajo del cuadro grotesco que adorna el salón, chiquito como agujero de ratón.

Pero ella no ha salido a bailar. Ella no sabe cómo es eso.

En sus pupilas, si uno se fijara con detenimiento, vería el reflejo de todo un salón lleno de gente que se mueve al cadencioso ritmo de la música. Cambio de ritmo. Ahora la gente se mueve más. Moverse es algo tan natural, como ser, como vivir, como estar.

Ella sin embargo, no mueve ni el dedo pequeño del pie, porque como ella misma dice, no sabe.

Algún momento la concurrida aglomeración de jóvenes que se quedaban sin pareja, a un lado del baile, fumando, mirando nomás, mirando a los que sí tenían y sí estaban bailando, se empezó a desesperar de que la única mujer disponible le diga no a tanto galán. No era ya una cuestión de cultura, de esnobismo, ni siquiera un reto varonil el sacar a bailar a esa mujer: era una angustia.

Todos dirigían sus miradas a cada nuevo desplantado, preguntándole si acaso tuvo fe en conseguir extraerla de su silla.

Gregoria quiso aprender a bailar, con la grabadora de su hermano. Nadie le enseñó, pues, ¿acaso alguien debía hacerlo? Gregoria veía televisión todos los días. No se atrevía a mover ni un brazo. Su madre opinaba que era vagancia.

La muchedumbre perdió la razón, le gritó que baile o salga del local. Que se vaya si no vino a bailar con nadie. El joven de las bebidas se desesperó tanto que rompió cincuenta dólares en whisky. El portero dejó de observar las ropas de los que entraban y salían de la discoteca para percatarse quién era aquella persona que provocaba tanto alboroto. ¿Y por qué no te vas, y por qué no bailas, y tú qué intentas al negarte a todo el mundo?

Tranquila, ella alzó el brazo. Reparó en todo el montón de gente que tenía delante, como en una visión borrosa, manchada con una que otra boca abierta en actitud de grito.

Desde la penumbra de la mesa, salió una pierna chueca, luego otra y otra, aunque la gente notara dos tan solo, se oyó el sonido de varios tacos reproduciéndose sobre las baldosas, un crudo caminar que consistía en ir de allá para acá, mientras el cuerpo se tambaleaba hacia delante. Dos piernas por último coronaron el descanso de la gradas que daban hacia la salida, un mar de ojos guiaban el camino correcto, un brazos se balanceó a cuarenta y cinco grados del cuerpo, palma hacia adentro y abajo, mentón erguido o en intento de ello, pelo negro sedoso. Digamos que veinte o quizá veinticuatro, la edad de oro. Pie derecho sobre la canilla izquierda, pierna izquierda en genuflexión hacia delante, hombro izquierdo algo anguloso, algo curvo. Las líneas naturales aparecían y desaparecían sobre su piel como en una película en blanco y negro, como en un acordeón tocando tango. Ahora, su sola silueta, salida de garbo pero doblada en tres al subir los escalones, en dos, en una sola línea recta, o tal vez inclinada… Música de fondo.

Alguien clamó: no la dejen salir, por Dios, alguien invítele a bailar, quién dijo yo, quién levantó la mano, miren que se va y no regresa. Vean que se esfuma su bailar… es ahora o nunca…

Ella no sabía bailar, como queda dicho. Sin embargo la multitud vio la mejor danza que sus pupilas presenciaron jamás.

Cuando se fue, los rechazados se fumaron un tabaco, se sentaron a mirar a los que seguían bailando y se durmieron soñando con que ella seguía moviéndose en aquellas gradas de baldosas sonoras y de penumbras.

No hay comentarios:

Publicar un comentario