No existen historias bonitas ni feas. El hecho de que tengamos que aguantar, llorar, reír o querer un sucedido, o talvez nunca sucedido, depende del individuo que nos cuenta. Tan solo de eso.
No tenemos, por ende, historias sino contadores. No tenemos una vida sino hasta que alguien nos la cuenta, y no tenemos una buena vida, sino hasta que alguien nos la ensalza. Ese alguien puede ser uno mismo y si hablamos con todo rigor, siempre el gran contador de toda historia es uno mismo.
En realidad, cuando nos narran un cuento, vamos contándolo nosotros, repasando sus palabras al entender, grabando sus sílabas al oír sus tonos y giros, viendo las muecas y actuaciones del narrador, las piruetas que da aquel humo mágico que sale de su boca... nuestros oído nos van deletreando, nuestra mente se va creyendo lo escuchado, el contador es una parte más de nuestro cuerpo que sin saber cómo ni cuándo, con qué permiso o qué intenciones, penetró en nuestras entrañas para siempre.
Por eso, no dejo que cualquiera me los cuente: tan solo a los que amo, y el amor que debo sentir por ellos debe ser muy grande.

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