El Hambre.
Cuando dentro de ti no hay más que hambre – basicamente de comida y no de otras cosas- y te hallas con que no hay nada en la alacena más que fideos, el Hambre se sienta y llora.
Y su llanto corre por las calles y se arrastra por las quebradas y despeñaderos, formando cascadas blancas y espumosas, sobre piedras largas y negras.
El llanto del Hambre es muy elegante para una persona sana. Para un niño, el llanto del Hambre es corto, medido, intermitente, como garúa costera. Los dedos del llanto del Hambre se atascan en los adoquines, en las alcantarillas, en los altos relieves de las puertas y en general, en las piedras del camino. No quieren ser arrastrados junto con la cascada de llantos mayores.
El Hambre llora con las manos en los ojos, gime, tuerce su boca como un paréntesis acostado bocabajo señalando la dirección de sus lágrimas.
A veces el Hambre no llora. Se aguanta. Bosteza, ríe, duerme. Entonces, su dueño piensa: “Qué tierna es el Hambre”.
Pero a veces, el hambre se enoja. Retuerce su boca y grita, patalea como becerro, rompe las columnas, se cree Sansón desazonado. Da guerra. Esta Hambre no conoce el psicoanálisis ni pedagogía infantil. No llora ni moja nada, mueve el piso. Sus terremotos hunden casas. Sus dueños huyen, se esconden bajo la cama o contra el umbral de la puerta como recomienda Defensa Civil en los comerciales.
Luego de llorar una hora, el Hambre limpia sus lágrimas con hojas de cuaderno a cuadros. Acepta copitas de ron para aliviar su pena. Se suicida comiendo bocadillos. Su dueño se sienta a su lado, le da un abrazo y le cuenta un cuento para ayudarle a bien morir.

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