martes, 17 de noviembre de 2009

Relatos V.- La chica que no sabía bailar (Incidente segundo)


14 noviembre

La vi por primera vez en la fiesta de una amiga en común. Ella no sabía bailar y me ofrecí a enseñarle. No le enseñé mayor cosa y tampoco creo que ella me recuerde.

La segunda vez la vi sola en la calle. Llevaba un ramo de flores en sus brazos y una sonrisa de niña buena. Recordé que no sabía bailar y que no había nada en el mundo que se pueda hacer por ella. La dejé de mirar cuando el semáforo cambió a verde.

En el concierto del viernes volví a recordarla y me reí con mis amigos sobre el tema “saben, conocí a una mujer que no puede bailar...” no fue puro gusto de avergonzar a la ausente, fue más bien fijación de imaginar algo que nunca pasó, algo de lo cual no hay la más mínima posibilidad de que pase, no hay, pero pasó. Sé que pasó en algún lugar del mundo, en algún momento. O acaso es tan sólo mi deseo de que ocurra. Cómo sea, ella no sabe bailar y la recuerdo con más interés del adecuado.

La tercera vez que la vi estaba en el bus. Conversamos sobre alguna bobería cuando le pregunté si a ella le gustaban las fiestas, ella contestó que sí, pero nadie le invitaba nunca. Yo le dije que tengo una fijación con ella, que de ninguna manera piense que eso significa algún otro pensamiento sino aquel tan raro y desinteresado deseo de verla bailar, o acaso ese amor por verla bailar a lo mejor es más amor de lo que imagino, en fin, puro deseo de baile vistoso, de comerme su baile con la mirada, de verla danzando como muñeca de cajita musical.

Por supuesto que yo no dije nada de eso. Cuando ella me dijo que nadie la invitaba, nunca, de repente un frenazo del bus nos despertó, es decir, me despertó del sueño, a lo cual ella agregó aquí me bajo. Me dio su número de teléfono, pero por mala suerte, estaba mal dictado el último dígito, como pude comprobar luego.

Probé con todas las combinaciones posibles y di con su casa. La invité a bailar lo más pronto.

Ella se sintió avergonzada.

Dijo que iría, que vendría, que estaría aquí y que bailaría, o haría el intento por lo menos. Yo sigo esperando que llegue. Pero no llega nunca.

Volví a llamar por teléfono: nadie contestaba ya.

La cuarta vez que la vi, estaba dormido. Tenía un vestido blanco o algo así y giraba como esas pelusas que vuelan por el aire sin que nadie sepa de donde salieron, ustedes saben; mientras, yo me repetía “eres un estúpido”.

Dónde se encuentra a una mujer de quien nadie sabe nada, de quien el único dato cierto a más de su nombre es que no sabe bailar.

Ya han pasado muchos años y hasta ahora, a veces, la sigo buscando.

Lo más curioso del caso es que inconscientemente la busco en salones de baile, entre las parejas del centro de la pista. A veces creo que por fin la he encontrado pero siempre se trata de bochornosas confusiones.

Alguna vez creí haberla hallado, fue hace cinco años en una fiesta de graduación: llevaba un vestido blanco, o algo así, y un moño... y giraba como esas pelusas que vuelan por el aire sin que nadie sepa… ustedes saben. Me acerqué a la pareja. Ella, bastante parecida al vivo recuerdo que tenía en la mente; la vi bailando con un tipo de bigote que lucía un enorme reloj, al parecer de oro, en su muñeca. Ella miraba fijamente su hombro, como sin querer mirar nada más, como buscando el color de su alma reflejado en el traje de su compañero. De cuando en cuando ambos se miraban y sonreían y lanzaban un suspiro que era lindo de ver y sentir. Entonces, di la vuelta y mientras salía del local.

No era ella.

En todo caso, el recuerdo de ella bailando es imborrable —y curioso porque se trata de un recuerdo de algo que nunca pasó—. Nada se lo podrá llevar, ni la más fuerte de las tempestades, ni la locura más desenfrenada, ni mis pesadillas… ustedes saben.

Relatos IV.- La chica que no sabía bailar (incidente primero)

13 noviembre

Siendo las 22:30 Gregoria se disponía a coger sus cosas e irse de una vez de aquel lugar. Se sentía incómoda, medio sorda y en tinieblas. Música por los cuatro costados le impedían oír nada en absoluto. Afuera pasan y pasan automóviles suficientemente desconocidos como para prestarles atención. ¿Alguien puede soportar tales torturas en un viernes por la noche?

Ni el joven que está en la barra, atendiendo con ocho brazos y una hilera de dedos los pedidos de los sedientos bailarines, ni el portero que está en la puerta hurgando con los ojos las bolsas del cansancio. Nadie puede aguantarlo ya. El cielo quiere llorar y no puede. La calle sigue recta en su afán de torcerse y serle inútil a toda gente.

Pero ella sigue sentada ahí. No se ha ido porque quiere bailar.

No sabe.

Vino un joven a pedirle que le acompañe al centro de la pista. Vino un viejo verde, salido del hueco de su sombrero. Vino un tipo vestido completamente de negro, con aretes y brillantes. Vino el hombre de su vida, el hombre perfecto, que se ha ido por el mismo camino a esconderse en el agujerito cada vez más pequeño que va a dar debajo del cuadro grotesco que adorna el salón, chiquito como agujero de ratón.

Pero ella no ha salido a bailar. Ella no sabe cómo es eso.

En sus pupilas, si uno se fijara con detenimiento, vería el reflejo de todo un salón lleno de gente que se mueve al cadencioso ritmo de la música. Cambio de ritmo. Ahora la gente se mueve más. Moverse es algo tan natural, como ser, como vivir, como estar.

Ella sin embargo, no mueve ni el dedo pequeño del pie, porque como ella misma dice, no sabe.

Algún momento la concurrida aglomeración de jóvenes que se quedaban sin pareja, a un lado del baile, fumando, mirando nomás, mirando a los que sí tenían y sí estaban bailando, se empezó a desesperar de que la única mujer disponible le diga no a tanto galán. No era ya una cuestión de cultura, de esnobismo, ni siquiera un reto varonil el sacar a bailar a esa mujer: era una angustia.

Todos dirigían sus miradas a cada nuevo desplantado, preguntándole si acaso tuvo fe en conseguir extraerla de su silla.

Gregoria quiso aprender a bailar, con la grabadora de su hermano. Nadie le enseñó, pues, ¿acaso alguien debía hacerlo? Gregoria veía televisión todos los días. No se atrevía a mover ni un brazo. Su madre opinaba que era vagancia.

La muchedumbre perdió la razón, le gritó que baile o salga del local. Que se vaya si no vino a bailar con nadie. El joven de las bebidas se desesperó tanto que rompió cincuenta dólares en whisky. El portero dejó de observar las ropas de los que entraban y salían de la discoteca para percatarse quién era aquella persona que provocaba tanto alboroto. ¿Y por qué no te vas, y por qué no bailas, y tú qué intentas al negarte a todo el mundo?

Tranquila, ella alzó el brazo. Reparó en todo el montón de gente que tenía delante, como en una visión borrosa, manchada con una que otra boca abierta en actitud de grito.

Desde la penumbra de la mesa, salió una pierna chueca, luego otra y otra, aunque la gente notara dos tan solo, se oyó el sonido de varios tacos reproduciéndose sobre las baldosas, un crudo caminar que consistía en ir de allá para acá, mientras el cuerpo se tambaleaba hacia delante. Dos piernas por último coronaron el descanso de la gradas que daban hacia la salida, un mar de ojos guiaban el camino correcto, un brazos se balanceó a cuarenta y cinco grados del cuerpo, palma hacia adentro y abajo, mentón erguido o en intento de ello, pelo negro sedoso. Digamos que veinte o quizá veinticuatro, la edad de oro. Pie derecho sobre la canilla izquierda, pierna izquierda en genuflexión hacia delante, hombro izquierdo algo anguloso, algo curvo. Las líneas naturales aparecían y desaparecían sobre su piel como en una película en blanco y negro, como en un acordeón tocando tango. Ahora, su sola silueta, salida de garbo pero doblada en tres al subir los escalones, en dos, en una sola línea recta, o tal vez inclinada… Música de fondo.

Alguien clamó: no la dejen salir, por Dios, alguien invítele a bailar, quién dijo yo, quién levantó la mano, miren que se va y no regresa. Vean que se esfuma su bailar… es ahora o nunca…

Ella no sabía bailar, como queda dicho. Sin embargo la multitud vio la mejor danza que sus pupilas presenciaron jamás.

Cuando se fue, los rechazados se fumaron un tabaco, se sentaron a mirar a los que seguían bailando y se durmieron soñando con que ella seguía moviéndose en aquellas gradas de baldosas sonoras y de penumbras.

Relatos III.- De relaciones y relaciones

De relaciones y relaciones

No existen historias bonitas ni feas. El hecho de que tengamos que aguantar, llorar, reír o querer un sucedido, o talvez nunca sucedido, depende del individuo que nos cuenta. Tan solo de eso.

No tenemos, por ende, historias sino contadores. No tenemos una vida sino hasta que alguien nos la cuenta, y no tenemos una buena vida, sino hasta que alguien nos la ensalza. Ese alguien puede ser uno mismo y si hablamos con todo rigor, siempre el gran contador de toda historia es uno mismo.

En realidad, cuando nos narran un cuento, vamos contándolo nosotros, repasando sus palabras al entender, grabando sus sílabas al oír sus tonos y giros, viendo las muecas y actuaciones del narrador, las piruetas que da aquel humo mágico que sale de su boca... nuestros oído nos van deletreando, nuestra mente se va creyendo lo escuchado, el contador es una parte más de nuestro cuerpo que sin saber cómo ni cuándo, con qué permiso o qué intenciones, penetró en nuestras entrañas para siempre.

Por eso, no dejo que cualquiera me los cuente: tan solo a los que amo, y el amor que debo sentir por ellos debe ser muy grande.

Relatos II.- El Amor

II.- El Amor

El amor, dentro de la clasificación de las preocupaciones -a la que pertenece-, es la forma más complicada de pre-ocuparse por una persona.

Digo, uno puede estar seguro de que el taxista le querrá cobrar más de la cuenta, o de que el mecánico le robará piezas, o de que el político se venderá con saña, o de que el abogado lo inmiscuirá sin motivo, o que el médico los desahuciará a propósito, y como resultado, terminará preocupado, planeando alivio o venganza, preocupado de veras.

Pero nunca sabrá por qué ese tipo de pre-ocupación que siente, cuando esa persona que ama le dice que no, o que no llegará, o que se siente mal, o que necesita un gran favor, o que tiene miedo, o que hace frío, o que no pasa nada, se le escapa de la boca y le tiene con la frente irresponsable y el sudor pellizcándole las patillas.

Para las preocupaciones y otras bagatelas hay cantidad de remedios, libros, escritores y expertos.

Para las pre-ocupaciones, ni medio kilo; esto realmente me preocupa.

Relato.- El Hambre

El Hambre.

Cuando dentro de ti no hay más que hambre – basicamente de comida y no de otras cosas- y te hallas con que no hay nada en la alacena más que fideos, el Hambre se sienta y llora.

Y su llanto corre por las calles y se arrastra por las quebradas y despeñaderos, formando cascadas blancas y espumosas, sobre piedras largas y negras.

El llanto del Hambre es muy elegante para una persona sana. Para un niño, el llanto del Hambre es corto, medido, intermitente, como garúa costera. Los dedos del llanto del Hambre se atascan en los adoquines, en las alcantarillas, en los altos relieves de las puertas y en general, en las piedras del camino. No quieren ser arrastrados junto con la cascada de llantos mayores.

El Hambre llora con las manos en los ojos, gime, tuerce su boca como un paréntesis acostado bocabajo señalando la dirección de sus lágrimas.

A veces el Hambre no llora. Se aguanta. Bosteza, ríe, duerme. Entonces, su dueño piensa: “Qué tierna es el Hambre”.

Pero a veces, el hambre se enoja. Retuerce su boca y grita, patalea como becerro, rompe las columnas, se cree Sansón desazonado. Da guerra. Esta Hambre no conoce el psicoanálisis ni pedagogía infantil. No llora ni moja nada, mueve el piso. Sus terremotos hunden casas. Sus dueños huyen, se esconden bajo la cama o contra el umbral de la puerta como recomienda Defensa Civil en los comerciales.

Luego de llorar una hora, el Hambre limpia sus lágrimas con hojas de cuaderno a cuadros. Acepta copitas de ron para aliviar su pena. Se suicida comiendo bocadillos. Su dueño se sienta a su lado, le da un abrazo y le cuenta un cuento para ayudarle a bien morir.

Cosas imposibles

Hay cosas imposibles de tener

y las tenemos…

Hay cosas imposibles de perder y

las perdemos…

Eso prueba mi querida Valentina

que no hay cosas imposibles en la vida.

El origen de absolutamente todos nuestros males

por suerte ha de ser de hijo de tales

situaciones divididas en dos:

creadas por Dios o por vos.

Cosas imposibles

Hay cosas imposibles de tener

y las tenemos…

Hay cosas imposibles de perder y

las perdemos…

Eso prueba mi querida Valentina

que no hay cosas imposibles en la vida.

El origen de absolutamente todos nuestros males

por suerte ha de ser de hijo de tales

situaciones divididas en dos:

creadas por Dios o por vos.