martes, 17 de noviembre de 2009

pour nani

pour nani

Riobamba, 17 de septiembre de 200...

Querida ... :

Resulta que hoy día tuve tiempo para escribirte, cosa poco común o nada común en los últimos cinco años… para cumplir con promesas que he venido posponiendo, casi tanto como mis viajes a Quito. Los pospuestos son graciosos porque te pasan diciendo tienes que hacerlo tienes que hacerlo, y no paras bola. Además, pueda que tú te hayas dado cuenta ya a tu edad, que uno siempre va haciendo lo más fácil primero. Lo difícil siempre que queda acumulado en el escritorio en forma de elefante. Así hago yo también y en mi mesa siempre hay una pequeña manada de alimañas que respiran y chillan. Y entre esa fauna, una carta inconclusa para vos.

Ya habrás adivinado también que esta carta tiene que ver con vos además. No te explicaré de principio los motivos de la misma, para darle a esa mueca que debes estar haciendo en este momento un aire de misterio, de interrogación y desenfado, de morosidad. La paciencia no es virtud femenina y tuya menos… (¡Lo sé y en qué forma!)

Si no estoy mal, fue en agosto de 1999 que se reunieron en la ciudad en que te hallas, un grupo de intelectuales de fin de siglo pasado decididos a redactar el manifiesto del Infrarrealismo-Mágico, como una enmienda y facción a la vez del Nihilismo- Ecléctico Esperanzado. Fue en una noche de agosto, huyéndole al frío y al tedio de la televisión nacional y el cable. La reunión necesitaba tener grandes dosis de inspiración para no ver las infranqueables limitaciones conceptuales de la nueva tendencia en discusión, así que se proveyó de licor hasta el cogote, con lo cual los límites previstos desaparecieron mágicamente (he ahí uno de los primeros postulados de esta tendencia estético literaria). Juntos, en una oleada de humo de tabaco y otras malas hiervas, iba naciendo el edicto en donde los suprascritos sujetos iban plasmando sus ideas de escupir al mundo en sus esquinas y decirle que estaban dispuestos a meterle el dedo si se dejaba (grafiti visto por uno de los coidearios en a pocas cuadras de la sede se la reunión). Pasada las doce de la noche y al son de sus paradigmas, Lenon, Silvio, Fito, Serrat y Sabina, luego cambiados por Pesacado Rabioso, Piazzola, David Doll, Spineta y Charly, decidieron que el grupo debería defender principios e ideales, para luego expandir su filosofía de vida a través del arte y la costumbre. Para ese entonces habían dos integrantes: uno era Israel Robayo, un amigo mío venido a menos luego de haberse dedicado a la bohemia durante tantos meses seguidos con los consecuentes traumas de la pobreza que la bohemia conlleva; el otro era un servidor, afectado eternamente por la estúpida vergüenza ajena. Hay que reconocer que nuestro grupúsculo no era pop, en su sentido literal, y que el destino conspiró en nuestra contra al impedir que el ideólogo principal no llegue a la cita por culpa de un embotellamiento[1].

Es gracioso reconocer esto, porque pasados los años, veo que a nuestro grupo le ha ido mejor a que a muchas facciones políticas o literarias de estos tiempos; el 50% todavía no claudica y se mantiene incólume.

Teníamos precursor y maestro, ambos obviamente eran el mismo personaje: el gran Lenin Lara, escritor quiteño graduado en el Mejía y odiado en todos los trece barrios del centro histórico por deberles dineros en demasía. Solo a él se le pudo ocurrir fundar un grupo de neuróticos escritores sin haberlos conocido nunca antes – luego indicaría que con ello pagó una apuesta-. Solo a él se le pudo haber ocurrido pasear todas las noches por la calles frias y húmedas de Quito para reconocerse en los personajes nocturnos: un mendigo, una puta, un policía, un ladrón, un homosexual -esto último desde el policía, gracias a las batidas que imperaban en la capital por aquellas fechas-. Escribía poemas a sus amigos para que liguen con sus amigas, cartas a sus vecinos para pedir prórrogas en sus arriendos, certificados de honorabilidad increíblemente verosímiles para perfectos bribones. A cambio le regalábamos libros y comida. Entonces todos leíamos con avidez enfermiza.

El vivía en un cuarto, solo – todas sus esposas lo abandonaron por algún repartidor de colas, contaba él, por eso odiaba la cocacola y la pepsi, aunque disfrazaba su odio con discursos revolucionarios-, pero de vez en cuando encontrábamos instalados a varios de sus conocidos en el mismo departamento – mini – suite. Entonces todo era color verde botella y había un sórdido olor a champang regado por el piso. Sin embargo, cuando estaba sano y bueno tenía una lucidez mental increíble en gente de más de setenta años, como él.

Su estilo de decir cosas y escribirlas era bastante peculiar así como su vida: por ello la imitábamos en la medida de nuestras capacidades. Durante mucho tiempo no había mucha diferencia sino en cuestiones de fondo: el tenía convicción en las cosas que hacía, nosotros no.

Literariamete hablando, en el género éramos básicamente lo mismo, pero ya en la especie nos diluíamos en metáforas agridulces de la realidad retrospectiva. Sin embargo por circunstancias que no quisiera mentar, prometí no volver a describir ante un público que entienda el idioma español en qué consiste específicamente el Infrarealismo mágico. Podría agregar solo a manera de descripción objetiva las reacciones del público que escuchaba o leía los escritos realizados, en boca de un conocido amigo mío que escribió para una revista cuencana – no tengo el dato aquí, debo ordenar mis papeles-: “mientras leía el texto propuesto, tenía la incómoda sensación de estar espiando el diario de mi madre adolescente; cuando acababa la lectura, probablemente los autores del desvarío estarían divertidos, imaginando el cuadro en el que el lector lee y se cae de la pena en medio de las páginas que adora y odio con toda intensidad.”

Nadie apreció aquello más allá de los chupamedias y uno que otro amigo. Participamos en muchos concursos organizados por empresas privadas, pero los perdimos todos. Ustedes están buscando virtudes en una ferretería, nos decía cada que podía nuestro ilustre camarada. Pero cada vez que intentábamos hacer algo digno, notábamos que cierto halo de vida corría desde la primera letra hasta el último punto. Notábamos, cuando podíamos hacerlo.

Sin duda de los dos, el que mejor escribía era mi amigo. Hizo un poema con el que ganó una beca a Colombia por seis meses y nos quiso llevar pero yo me regresé desde Pasto. Luego supe que allá le fue bien y hasta pudo escribir en una revistucha literaria que rimaba con marihuana. Durante su ausencia, vendí sus discos de Iron Maiden y Bjork puesto que al regresarme le obligué a firmar un papel en el que me dejaba como su único y absoluto heredero de sus bienes y males – incluidas novias- y en su lugar compré Manu Chau y muchas Bandas Designes. Entonces creí que lo mío era el dibujo y terminé de raíz con la malsana manía de escribir cartas a cuanto conocido tenía con fines pseudo estéticos, amatorios u otros.

Mi amigo regresó sin dinero y con una colombiana. También decidió dejar las letras por algo más tangible y pensó que la rama de la mozo mensajería por algún tiempo sería suficiente para solventar sus penas y las de su compañera. Fue entonces cuando decidieron arbitrariamente dejarme sin amigos y largarse de una vez a dar la vuelta al mundo en ochenta años.

En cambio Lenin aprovechó su tiempo, como si ello fuese posible, para leer más de la cuenta. Terminó leyendo a René Descartes y el álgebra de Nahín Isaacs y descubrió que la matemática es un absurdo en donde puedes probar de veinte maneras que uno más uno no es dos. Al principio le fascinó, pero luego se dio cuenta que las reglas de la matemática no se podían cambiar cuando uno se aburría. Por eso la dejó.

Lenin tenía escritos varios libros y algunos no editados. Tenía un poemario llamado Parainfernalia I y los misterios del mundo del espejo; un poema -que creo yo te calza- es: Tus piernas nos venían siguiendo; y un himno a la autodeterminación: Megalomanía. Títulos que recuerdo así nomás, de memoria, porque luego, cuando supe que había muerto – así es, yo también puse esa cara y peor-, quise buscar sus obras en los lugares más obvios que pude imaginar; en las bibliotecas públicas – porque allí tienen libros de muy bajo costo y que generalmente han sido donados- en librerías baratas, en librerías caras, en el catálogo de autores nacionales y en la Casa de la Cultura. Su amigo no existe, me dijeron en este último lugar. “Ese nombre nunca he oído. ¡Usted se inventa!”, me dijo la secretaria que me atendió.

Nuestro amigo Lenin se accidentó un día sábado, en un viaje al centro de la tierra[2]. Viaje con divertidos farolazos y uno que otro brinco espantado por así decirlo. Desde esa fecha yo odio viajar. Él quiso irse, fue así de simple, se aburrió de muchas cosas. Yo así lo entendía y no lo sufrí tanto. Hasta hace poco – tiempos del noticiero[3]- tenía una bufanda roja que le perteneció.

Te contaré que el infrarrealismo fue la corriente ideológica que mayor destaque tuvo durante mucho tiempo. Hasta antes de la caída de Jamil. Luego vino la dolarización y todo se fue al carajo. La gente le decía que no escriba más, que eso no sirve, que escribía feo. “Yo escribo feo??? Es un alago nihilista??? Puta madre!!!”.

Lamentablemente no tuvo tiempo de empezar a subir ni de probar que sus escritos eran muy buenos; a lo mucho pudo convencernos de leer sus garabatos y tenernos embobados con aquello. A veces salía con buenas ideas y yo entonces me preguntaba si todo aquello sería solo una vil copia.

Yo escribía mis cosas y las hacía leer a mis amigas para que me admiren… pero siempre las guardaba. Mis amigos en cambio escribían alguna joya literaria y en su posesión no duraban dos días. El basurero terminaba la profanación de la poesía como secretario ad_hoc.

Hay una tumba de él vía A la Mitad del Mundo, me cuentan. Hasta ahora no he ido a verla, por el miedo de que sea verdad.

Así fue como fui olvidando la promesa constante en aquel manifiesto infrarrealistamágico suscrito por la mejor y más pequeña hermandad literaria jamás formada y con resultados menos relevantes para la historia. De hecho ni siquiera serían objeto de una carta si no fuera por un incidente: todos mis escritos fueron perdidos o quemados, excepto los deberes y tesis, cosas de ese tipo. Respecto a escritos dirigidos a… nadie nunca comentó ni indicó nada al respecto, excepto tú. La única lectora que he tenido y que expresamente me ha pedido —y me pide cada que no se enoja conmigo por alguna babosada que le haga— que le escriba algo. Que me tienes mencionado que en algún momento debería volverme Benedetti y dedicarme a los poemas endecasílabos y a las metáforas tiernas. Yo lo dudo, puesto que sigo con mis caricaturas y artículos de la ley y otras leyes eternas e inmutables en las que espero no morirme en un viaje a la mitad del mundo o al infinito y dejar inconclusa pero avisada, esta idiota forma de ver la vida.

En virtud de que eres mi única lectora, no publico nada, ni libros, ni folletos, ni fichas, ni tarjetas, nada que se vaya a la basura: te escribo esta carta peregrina y un beso – b e s o- por los tiempos en los que te corregía las notas y editaba travesuras de escritor.

Mauro

Pd: realmente creo que la famosa del grupo deberías ser vos…



[1] Dícese de la condición en la cual el sujeto está bloqueado por una increíble cantidad de botellas vaciadas en momentos anteriores al hecho, por cuenta propia o de un tercero o cuarto agente. Si el sujeto está atrapado por botellas llenas próximas a ser vaciadas, el hecho se denomina castizamente “chupetiza”.

En ambos casos las botellas deben contener un liquido mágico, perfumado y metafísico.

[2] Es decir a la Ciudad Mitad del Mundo.

[3] Chasquikom.

No hay comentarios:

Publicar un comentario