martes, 17 de noviembre de 2009

Relatos V.- La chica que no sabía bailar (Incidente segundo)


14 noviembre

La vi por primera vez en la fiesta de una amiga en común. Ella no sabía bailar y me ofrecí a enseñarle. No le enseñé mayor cosa y tampoco creo que ella me recuerde.

La segunda vez la vi sola en la calle. Llevaba un ramo de flores en sus brazos y una sonrisa de niña buena. Recordé que no sabía bailar y que no había nada en el mundo que se pueda hacer por ella. La dejé de mirar cuando el semáforo cambió a verde.

En el concierto del viernes volví a recordarla y me reí con mis amigos sobre el tema “saben, conocí a una mujer que no puede bailar...” no fue puro gusto de avergonzar a la ausente, fue más bien fijación de imaginar algo que nunca pasó, algo de lo cual no hay la más mínima posibilidad de que pase, no hay, pero pasó. Sé que pasó en algún lugar del mundo, en algún momento. O acaso es tan sólo mi deseo de que ocurra. Cómo sea, ella no sabe bailar y la recuerdo con más interés del adecuado.

La tercera vez que la vi estaba en el bus. Conversamos sobre alguna bobería cuando le pregunté si a ella le gustaban las fiestas, ella contestó que sí, pero nadie le invitaba nunca. Yo le dije que tengo una fijación con ella, que de ninguna manera piense que eso significa algún otro pensamiento sino aquel tan raro y desinteresado deseo de verla bailar, o acaso ese amor por verla bailar a lo mejor es más amor de lo que imagino, en fin, puro deseo de baile vistoso, de comerme su baile con la mirada, de verla danzando como muñeca de cajita musical.

Por supuesto que yo no dije nada de eso. Cuando ella me dijo que nadie la invitaba, nunca, de repente un frenazo del bus nos despertó, es decir, me despertó del sueño, a lo cual ella agregó aquí me bajo. Me dio su número de teléfono, pero por mala suerte, estaba mal dictado el último dígito, como pude comprobar luego.

Probé con todas las combinaciones posibles y di con su casa. La invité a bailar lo más pronto.

Ella se sintió avergonzada.

Dijo que iría, que vendría, que estaría aquí y que bailaría, o haría el intento por lo menos. Yo sigo esperando que llegue. Pero no llega nunca.

Volví a llamar por teléfono: nadie contestaba ya.

La cuarta vez que la vi, estaba dormido. Tenía un vestido blanco o algo así y giraba como esas pelusas que vuelan por el aire sin que nadie sepa de donde salieron, ustedes saben; mientras, yo me repetía “eres un estúpido”.

Dónde se encuentra a una mujer de quien nadie sabe nada, de quien el único dato cierto a más de su nombre es que no sabe bailar.

Ya han pasado muchos años y hasta ahora, a veces, la sigo buscando.

Lo más curioso del caso es que inconscientemente la busco en salones de baile, entre las parejas del centro de la pista. A veces creo que por fin la he encontrado pero siempre se trata de bochornosas confusiones.

Alguna vez creí haberla hallado, fue hace cinco años en una fiesta de graduación: llevaba un vestido blanco, o algo así, y un moño... y giraba como esas pelusas que vuelan por el aire sin que nadie sepa… ustedes saben. Me acerqué a la pareja. Ella, bastante parecida al vivo recuerdo que tenía en la mente; la vi bailando con un tipo de bigote que lucía un enorme reloj, al parecer de oro, en su muñeca. Ella miraba fijamente su hombro, como sin querer mirar nada más, como buscando el color de su alma reflejado en el traje de su compañero. De cuando en cuando ambos se miraban y sonreían y lanzaban un suspiro que era lindo de ver y sentir. Entonces, di la vuelta y mientras salía del local.

No era ella.

En todo caso, el recuerdo de ella bailando es imborrable —y curioso porque se trata de un recuerdo de algo que nunca pasó—. Nada se lo podrá llevar, ni la más fuerte de las tempestades, ni la locura más desenfrenada, ni mis pesadillas… ustedes saben.

Relatos IV.- La chica que no sabía bailar (incidente primero)

13 noviembre

Siendo las 22:30 Gregoria se disponía a coger sus cosas e irse de una vez de aquel lugar. Se sentía incómoda, medio sorda y en tinieblas. Música por los cuatro costados le impedían oír nada en absoluto. Afuera pasan y pasan automóviles suficientemente desconocidos como para prestarles atención. ¿Alguien puede soportar tales torturas en un viernes por la noche?

Ni el joven que está en la barra, atendiendo con ocho brazos y una hilera de dedos los pedidos de los sedientos bailarines, ni el portero que está en la puerta hurgando con los ojos las bolsas del cansancio. Nadie puede aguantarlo ya. El cielo quiere llorar y no puede. La calle sigue recta en su afán de torcerse y serle inútil a toda gente.

Pero ella sigue sentada ahí. No se ha ido porque quiere bailar.

No sabe.

Vino un joven a pedirle que le acompañe al centro de la pista. Vino un viejo verde, salido del hueco de su sombrero. Vino un tipo vestido completamente de negro, con aretes y brillantes. Vino el hombre de su vida, el hombre perfecto, que se ha ido por el mismo camino a esconderse en el agujerito cada vez más pequeño que va a dar debajo del cuadro grotesco que adorna el salón, chiquito como agujero de ratón.

Pero ella no ha salido a bailar. Ella no sabe cómo es eso.

En sus pupilas, si uno se fijara con detenimiento, vería el reflejo de todo un salón lleno de gente que se mueve al cadencioso ritmo de la música. Cambio de ritmo. Ahora la gente se mueve más. Moverse es algo tan natural, como ser, como vivir, como estar.

Ella sin embargo, no mueve ni el dedo pequeño del pie, porque como ella misma dice, no sabe.

Algún momento la concurrida aglomeración de jóvenes que se quedaban sin pareja, a un lado del baile, fumando, mirando nomás, mirando a los que sí tenían y sí estaban bailando, se empezó a desesperar de que la única mujer disponible le diga no a tanto galán. No era ya una cuestión de cultura, de esnobismo, ni siquiera un reto varonil el sacar a bailar a esa mujer: era una angustia.

Todos dirigían sus miradas a cada nuevo desplantado, preguntándole si acaso tuvo fe en conseguir extraerla de su silla.

Gregoria quiso aprender a bailar, con la grabadora de su hermano. Nadie le enseñó, pues, ¿acaso alguien debía hacerlo? Gregoria veía televisión todos los días. No se atrevía a mover ni un brazo. Su madre opinaba que era vagancia.

La muchedumbre perdió la razón, le gritó que baile o salga del local. Que se vaya si no vino a bailar con nadie. El joven de las bebidas se desesperó tanto que rompió cincuenta dólares en whisky. El portero dejó de observar las ropas de los que entraban y salían de la discoteca para percatarse quién era aquella persona que provocaba tanto alboroto. ¿Y por qué no te vas, y por qué no bailas, y tú qué intentas al negarte a todo el mundo?

Tranquila, ella alzó el brazo. Reparó en todo el montón de gente que tenía delante, como en una visión borrosa, manchada con una que otra boca abierta en actitud de grito.

Desde la penumbra de la mesa, salió una pierna chueca, luego otra y otra, aunque la gente notara dos tan solo, se oyó el sonido de varios tacos reproduciéndose sobre las baldosas, un crudo caminar que consistía en ir de allá para acá, mientras el cuerpo se tambaleaba hacia delante. Dos piernas por último coronaron el descanso de la gradas que daban hacia la salida, un mar de ojos guiaban el camino correcto, un brazos se balanceó a cuarenta y cinco grados del cuerpo, palma hacia adentro y abajo, mentón erguido o en intento de ello, pelo negro sedoso. Digamos que veinte o quizá veinticuatro, la edad de oro. Pie derecho sobre la canilla izquierda, pierna izquierda en genuflexión hacia delante, hombro izquierdo algo anguloso, algo curvo. Las líneas naturales aparecían y desaparecían sobre su piel como en una película en blanco y negro, como en un acordeón tocando tango. Ahora, su sola silueta, salida de garbo pero doblada en tres al subir los escalones, en dos, en una sola línea recta, o tal vez inclinada… Música de fondo.

Alguien clamó: no la dejen salir, por Dios, alguien invítele a bailar, quién dijo yo, quién levantó la mano, miren que se va y no regresa. Vean que se esfuma su bailar… es ahora o nunca…

Ella no sabía bailar, como queda dicho. Sin embargo la multitud vio la mejor danza que sus pupilas presenciaron jamás.

Cuando se fue, los rechazados se fumaron un tabaco, se sentaron a mirar a los que seguían bailando y se durmieron soñando con que ella seguía moviéndose en aquellas gradas de baldosas sonoras y de penumbras.

Relatos III.- De relaciones y relaciones

De relaciones y relaciones

No existen historias bonitas ni feas. El hecho de que tengamos que aguantar, llorar, reír o querer un sucedido, o talvez nunca sucedido, depende del individuo que nos cuenta. Tan solo de eso.

No tenemos, por ende, historias sino contadores. No tenemos una vida sino hasta que alguien nos la cuenta, y no tenemos una buena vida, sino hasta que alguien nos la ensalza. Ese alguien puede ser uno mismo y si hablamos con todo rigor, siempre el gran contador de toda historia es uno mismo.

En realidad, cuando nos narran un cuento, vamos contándolo nosotros, repasando sus palabras al entender, grabando sus sílabas al oír sus tonos y giros, viendo las muecas y actuaciones del narrador, las piruetas que da aquel humo mágico que sale de su boca... nuestros oído nos van deletreando, nuestra mente se va creyendo lo escuchado, el contador es una parte más de nuestro cuerpo que sin saber cómo ni cuándo, con qué permiso o qué intenciones, penetró en nuestras entrañas para siempre.

Por eso, no dejo que cualquiera me los cuente: tan solo a los que amo, y el amor que debo sentir por ellos debe ser muy grande.

Relatos II.- El Amor

II.- El Amor

El amor, dentro de la clasificación de las preocupaciones -a la que pertenece-, es la forma más complicada de pre-ocuparse por una persona.

Digo, uno puede estar seguro de que el taxista le querrá cobrar más de la cuenta, o de que el mecánico le robará piezas, o de que el político se venderá con saña, o de que el abogado lo inmiscuirá sin motivo, o que el médico los desahuciará a propósito, y como resultado, terminará preocupado, planeando alivio o venganza, preocupado de veras.

Pero nunca sabrá por qué ese tipo de pre-ocupación que siente, cuando esa persona que ama le dice que no, o que no llegará, o que se siente mal, o que necesita un gran favor, o que tiene miedo, o que hace frío, o que no pasa nada, se le escapa de la boca y le tiene con la frente irresponsable y el sudor pellizcándole las patillas.

Para las preocupaciones y otras bagatelas hay cantidad de remedios, libros, escritores y expertos.

Para las pre-ocupaciones, ni medio kilo; esto realmente me preocupa.

Relato.- El Hambre

El Hambre.

Cuando dentro de ti no hay más que hambre – basicamente de comida y no de otras cosas- y te hallas con que no hay nada en la alacena más que fideos, el Hambre se sienta y llora.

Y su llanto corre por las calles y se arrastra por las quebradas y despeñaderos, formando cascadas blancas y espumosas, sobre piedras largas y negras.

El llanto del Hambre es muy elegante para una persona sana. Para un niño, el llanto del Hambre es corto, medido, intermitente, como garúa costera. Los dedos del llanto del Hambre se atascan en los adoquines, en las alcantarillas, en los altos relieves de las puertas y en general, en las piedras del camino. No quieren ser arrastrados junto con la cascada de llantos mayores.

El Hambre llora con las manos en los ojos, gime, tuerce su boca como un paréntesis acostado bocabajo señalando la dirección de sus lágrimas.

A veces el Hambre no llora. Se aguanta. Bosteza, ríe, duerme. Entonces, su dueño piensa: “Qué tierna es el Hambre”.

Pero a veces, el hambre se enoja. Retuerce su boca y grita, patalea como becerro, rompe las columnas, se cree Sansón desazonado. Da guerra. Esta Hambre no conoce el psicoanálisis ni pedagogía infantil. No llora ni moja nada, mueve el piso. Sus terremotos hunden casas. Sus dueños huyen, se esconden bajo la cama o contra el umbral de la puerta como recomienda Defensa Civil en los comerciales.

Luego de llorar una hora, el Hambre limpia sus lágrimas con hojas de cuaderno a cuadros. Acepta copitas de ron para aliviar su pena. Se suicida comiendo bocadillos. Su dueño se sienta a su lado, le da un abrazo y le cuenta un cuento para ayudarle a bien morir.

Cosas imposibles

Hay cosas imposibles de tener

y las tenemos…

Hay cosas imposibles de perder y

las perdemos…

Eso prueba mi querida Valentina

que no hay cosas imposibles en la vida.

El origen de absolutamente todos nuestros males

por suerte ha de ser de hijo de tales

situaciones divididas en dos:

creadas por Dios o por vos.

Cosas imposibles

Hay cosas imposibles de tener

y las tenemos…

Hay cosas imposibles de perder y

las perdemos…

Eso prueba mi querida Valentina

que no hay cosas imposibles en la vida.

El origen de absolutamente todos nuestros males

por suerte ha de ser de hijo de tales

situaciones divididas en dos:

creadas por Dios o por vos.

pour nani

pour nani

Riobamba, 17 de septiembre de 200...

Querida ... :

Resulta que hoy día tuve tiempo para escribirte, cosa poco común o nada común en los últimos cinco años… para cumplir con promesas que he venido posponiendo, casi tanto como mis viajes a Quito. Los pospuestos son graciosos porque te pasan diciendo tienes que hacerlo tienes que hacerlo, y no paras bola. Además, pueda que tú te hayas dado cuenta ya a tu edad, que uno siempre va haciendo lo más fácil primero. Lo difícil siempre que queda acumulado en el escritorio en forma de elefante. Así hago yo también y en mi mesa siempre hay una pequeña manada de alimañas que respiran y chillan. Y entre esa fauna, una carta inconclusa para vos.

Ya habrás adivinado también que esta carta tiene que ver con vos además. No te explicaré de principio los motivos de la misma, para darle a esa mueca que debes estar haciendo en este momento un aire de misterio, de interrogación y desenfado, de morosidad. La paciencia no es virtud femenina y tuya menos… (¡Lo sé y en qué forma!)

Si no estoy mal, fue en agosto de 1999 que se reunieron en la ciudad en que te hallas, un grupo de intelectuales de fin de siglo pasado decididos a redactar el manifiesto del Infrarrealismo-Mágico, como una enmienda y facción a la vez del Nihilismo- Ecléctico Esperanzado. Fue en una noche de agosto, huyéndole al frío y al tedio de la televisión nacional y el cable. La reunión necesitaba tener grandes dosis de inspiración para no ver las infranqueables limitaciones conceptuales de la nueva tendencia en discusión, así que se proveyó de licor hasta el cogote, con lo cual los límites previstos desaparecieron mágicamente (he ahí uno de los primeros postulados de esta tendencia estético literaria). Juntos, en una oleada de humo de tabaco y otras malas hiervas, iba naciendo el edicto en donde los suprascritos sujetos iban plasmando sus ideas de escupir al mundo en sus esquinas y decirle que estaban dispuestos a meterle el dedo si se dejaba (grafiti visto por uno de los coidearios en a pocas cuadras de la sede se la reunión). Pasada las doce de la noche y al son de sus paradigmas, Lenon, Silvio, Fito, Serrat y Sabina, luego cambiados por Pesacado Rabioso, Piazzola, David Doll, Spineta y Charly, decidieron que el grupo debería defender principios e ideales, para luego expandir su filosofía de vida a través del arte y la costumbre. Para ese entonces habían dos integrantes: uno era Israel Robayo, un amigo mío venido a menos luego de haberse dedicado a la bohemia durante tantos meses seguidos con los consecuentes traumas de la pobreza que la bohemia conlleva; el otro era un servidor, afectado eternamente por la estúpida vergüenza ajena. Hay que reconocer que nuestro grupúsculo no era pop, en su sentido literal, y que el destino conspiró en nuestra contra al impedir que el ideólogo principal no llegue a la cita por culpa de un embotellamiento[1].

Es gracioso reconocer esto, porque pasados los años, veo que a nuestro grupo le ha ido mejor a que a muchas facciones políticas o literarias de estos tiempos; el 50% todavía no claudica y se mantiene incólume.

Teníamos precursor y maestro, ambos obviamente eran el mismo personaje: el gran Lenin Lara, escritor quiteño graduado en el Mejía y odiado en todos los trece barrios del centro histórico por deberles dineros en demasía. Solo a él se le pudo ocurrir fundar un grupo de neuróticos escritores sin haberlos conocido nunca antes – luego indicaría que con ello pagó una apuesta-. Solo a él se le pudo haber ocurrido pasear todas las noches por la calles frias y húmedas de Quito para reconocerse en los personajes nocturnos: un mendigo, una puta, un policía, un ladrón, un homosexual -esto último desde el policía, gracias a las batidas que imperaban en la capital por aquellas fechas-. Escribía poemas a sus amigos para que liguen con sus amigas, cartas a sus vecinos para pedir prórrogas en sus arriendos, certificados de honorabilidad increíblemente verosímiles para perfectos bribones. A cambio le regalábamos libros y comida. Entonces todos leíamos con avidez enfermiza.

El vivía en un cuarto, solo – todas sus esposas lo abandonaron por algún repartidor de colas, contaba él, por eso odiaba la cocacola y la pepsi, aunque disfrazaba su odio con discursos revolucionarios-, pero de vez en cuando encontrábamos instalados a varios de sus conocidos en el mismo departamento – mini – suite. Entonces todo era color verde botella y había un sórdido olor a champang regado por el piso. Sin embargo, cuando estaba sano y bueno tenía una lucidez mental increíble en gente de más de setenta años, como él.

Su estilo de decir cosas y escribirlas era bastante peculiar así como su vida: por ello la imitábamos en la medida de nuestras capacidades. Durante mucho tiempo no había mucha diferencia sino en cuestiones de fondo: el tenía convicción en las cosas que hacía, nosotros no.

Literariamete hablando, en el género éramos básicamente lo mismo, pero ya en la especie nos diluíamos en metáforas agridulces de la realidad retrospectiva. Sin embargo por circunstancias que no quisiera mentar, prometí no volver a describir ante un público que entienda el idioma español en qué consiste específicamente el Infrarealismo mágico. Podría agregar solo a manera de descripción objetiva las reacciones del público que escuchaba o leía los escritos realizados, en boca de un conocido amigo mío que escribió para una revista cuencana – no tengo el dato aquí, debo ordenar mis papeles-: “mientras leía el texto propuesto, tenía la incómoda sensación de estar espiando el diario de mi madre adolescente; cuando acababa la lectura, probablemente los autores del desvarío estarían divertidos, imaginando el cuadro en el que el lector lee y se cae de la pena en medio de las páginas que adora y odio con toda intensidad.”

Nadie apreció aquello más allá de los chupamedias y uno que otro amigo. Participamos en muchos concursos organizados por empresas privadas, pero los perdimos todos. Ustedes están buscando virtudes en una ferretería, nos decía cada que podía nuestro ilustre camarada. Pero cada vez que intentábamos hacer algo digno, notábamos que cierto halo de vida corría desde la primera letra hasta el último punto. Notábamos, cuando podíamos hacerlo.

Sin duda de los dos, el que mejor escribía era mi amigo. Hizo un poema con el que ganó una beca a Colombia por seis meses y nos quiso llevar pero yo me regresé desde Pasto. Luego supe que allá le fue bien y hasta pudo escribir en una revistucha literaria que rimaba con marihuana. Durante su ausencia, vendí sus discos de Iron Maiden y Bjork puesto que al regresarme le obligué a firmar un papel en el que me dejaba como su único y absoluto heredero de sus bienes y males – incluidas novias- y en su lugar compré Manu Chau y muchas Bandas Designes. Entonces creí que lo mío era el dibujo y terminé de raíz con la malsana manía de escribir cartas a cuanto conocido tenía con fines pseudo estéticos, amatorios u otros.

Mi amigo regresó sin dinero y con una colombiana. También decidió dejar las letras por algo más tangible y pensó que la rama de la mozo mensajería por algún tiempo sería suficiente para solventar sus penas y las de su compañera. Fue entonces cuando decidieron arbitrariamente dejarme sin amigos y largarse de una vez a dar la vuelta al mundo en ochenta años.

En cambio Lenin aprovechó su tiempo, como si ello fuese posible, para leer más de la cuenta. Terminó leyendo a René Descartes y el álgebra de Nahín Isaacs y descubrió que la matemática es un absurdo en donde puedes probar de veinte maneras que uno más uno no es dos. Al principio le fascinó, pero luego se dio cuenta que las reglas de la matemática no se podían cambiar cuando uno se aburría. Por eso la dejó.

Lenin tenía escritos varios libros y algunos no editados. Tenía un poemario llamado Parainfernalia I y los misterios del mundo del espejo; un poema -que creo yo te calza- es: Tus piernas nos venían siguiendo; y un himno a la autodeterminación: Megalomanía. Títulos que recuerdo así nomás, de memoria, porque luego, cuando supe que había muerto – así es, yo también puse esa cara y peor-, quise buscar sus obras en los lugares más obvios que pude imaginar; en las bibliotecas públicas – porque allí tienen libros de muy bajo costo y que generalmente han sido donados- en librerías baratas, en librerías caras, en el catálogo de autores nacionales y en la Casa de la Cultura. Su amigo no existe, me dijeron en este último lugar. “Ese nombre nunca he oído. ¡Usted se inventa!”, me dijo la secretaria que me atendió.

Nuestro amigo Lenin se accidentó un día sábado, en un viaje al centro de la tierra[2]. Viaje con divertidos farolazos y uno que otro brinco espantado por así decirlo. Desde esa fecha yo odio viajar. Él quiso irse, fue así de simple, se aburrió de muchas cosas. Yo así lo entendía y no lo sufrí tanto. Hasta hace poco – tiempos del noticiero[3]- tenía una bufanda roja que le perteneció.

Te contaré que el infrarrealismo fue la corriente ideológica que mayor destaque tuvo durante mucho tiempo. Hasta antes de la caída de Jamil. Luego vino la dolarización y todo se fue al carajo. La gente le decía que no escriba más, que eso no sirve, que escribía feo. “Yo escribo feo??? Es un alago nihilista??? Puta madre!!!”.

Lamentablemente no tuvo tiempo de empezar a subir ni de probar que sus escritos eran muy buenos; a lo mucho pudo convencernos de leer sus garabatos y tenernos embobados con aquello. A veces salía con buenas ideas y yo entonces me preguntaba si todo aquello sería solo una vil copia.

Yo escribía mis cosas y las hacía leer a mis amigas para que me admiren… pero siempre las guardaba. Mis amigos en cambio escribían alguna joya literaria y en su posesión no duraban dos días. El basurero terminaba la profanación de la poesía como secretario ad_hoc.

Hay una tumba de él vía A la Mitad del Mundo, me cuentan. Hasta ahora no he ido a verla, por el miedo de que sea verdad.

Así fue como fui olvidando la promesa constante en aquel manifiesto infrarrealistamágico suscrito por la mejor y más pequeña hermandad literaria jamás formada y con resultados menos relevantes para la historia. De hecho ni siquiera serían objeto de una carta si no fuera por un incidente: todos mis escritos fueron perdidos o quemados, excepto los deberes y tesis, cosas de ese tipo. Respecto a escritos dirigidos a… nadie nunca comentó ni indicó nada al respecto, excepto tú. La única lectora que he tenido y que expresamente me ha pedido —y me pide cada que no se enoja conmigo por alguna babosada que le haga— que le escriba algo. Que me tienes mencionado que en algún momento debería volverme Benedetti y dedicarme a los poemas endecasílabos y a las metáforas tiernas. Yo lo dudo, puesto que sigo con mis caricaturas y artículos de la ley y otras leyes eternas e inmutables en las que espero no morirme en un viaje a la mitad del mundo o al infinito y dejar inconclusa pero avisada, esta idiota forma de ver la vida.

En virtud de que eres mi única lectora, no publico nada, ni libros, ni folletos, ni fichas, ni tarjetas, nada que se vaya a la basura: te escribo esta carta peregrina y un beso – b e s o- por los tiempos en los que te corregía las notas y editaba travesuras de escritor.

Mauro

Pd: realmente creo que la famosa del grupo deberías ser vos…



[1] Dícese de la condición en la cual el sujeto está bloqueado por una increíble cantidad de botellas vaciadas en momentos anteriores al hecho, por cuenta propia o de un tercero o cuarto agente. Si el sujeto está atrapado por botellas llenas próximas a ser vaciadas, el hecho se denomina castizamente “chupetiza”.

En ambos casos las botellas deben contener un liquido mágico, perfumado y metafísico.

[2] Es decir a la Ciudad Mitad del Mundo.

[3] Chasquikom.

Los puntos que faltan

I

A este poema le faltan puntos...

Nomás unos dos que tres,

Tal vez nada importante

Para la diaria locución radial

O televisada,

Pero muy, realmente muy

importantes

Para casos casi cotidianos.

Doctores de la lengua y de los puntos

(si es que alguno se digna en llamarse así),

hay necesidad de un punto ortográfico,

para decir ¡para! Sin rubor...

y actuar el rostro como un pañuelo

Para... que no entiendo... ¿vieron?

(entonces el “¿vieron?” estará bien dicho).

Punto.

Hay necesidad de uno para decir “¡ahí te pudras!”

Y hacer así y mantener la firmeza.

Y no claudicar en las esdrújulas

Cuando conduzco por la derecha a treinta por hora.

Uno, tan solo un punto

Que los lectores lean, -actúen así...-

De hecho este poema se ve,

Más de lo que se oye, qué diré se siente...

Un punto para darme más que por entendido,

Que sonó el timbre de la máquina.

Un sonido que diga: ¡Tin! Rac rac rac rac...

Se acabó la hoja, por favor...

Sírvase pasar al renglón siguiente.

Ojalá me escuchen doctores de la lengua

Y de los puntos. Gracias.